domingo, 14 de septiembre de 2008

El Adagio de Albinoni

Aquella noche miles de personas volvían a casa después del trabajo. Miles de personas pasaron por los subterráneos del metro de Plaza de Castilla para coger su siguiente tren. Y todas ellas pudieron oír el Adagio de Albinoni. Sin embargo, sólo una se paró a escuchar.

Se quedó apoyada en la pared contemplando la sensibilidad con la que el violinista iba enlazando una nota detrás de otra. La técnica no era perfecta. Pero, ¿qué importaba? Lo importante era el sentimiento, capaz de transportarte a un mundo de fantasía.

La gente seguía pasando enfrascada en sus pensamientos sin darse cuenta de que en aquel momento, en aquel lugar, el tiempo se había detenido.

Al terminar la obra se oyeron unos aplausos que retumbaron en los subterráneos, pero que sólo dos personas de las allí presentes comprendieron. A continuación unas monedas cayeron en la funda del violín y una sonrisa sincera se reflejó en el rostro del artista. Después, todo volvió a ser como antes.

Aquella noche miles de personas tuvieron la oportunidad de ser felices, pero sólo una la aprovechó.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por esta entrada en tu blog! Era muy, muy bonito y es la verdad. Hay que disfrutar las cosas pequenas para ser feliz!

Hedric dijo...

Gracias a ti Matthias por saber apreciarlo.