El otro día hablaba con una amiga y le decía que había cambiado mi forma de ver el mundo, a lo que ella me preguntó:
- ¿Y cómo lo ves ahora?
- Como un juego - dije yo.
Claro, esto descuadró un poco a mi amiga aunque, en realidad, la explicación no es tan compleja.
De pequeño uno piensa que el mundo es ideal, y que toda la gente es buena y vive feliz. Sin embargo, con el tiempo vas percibiendo ciertos signos de que las cosas no son tan bonitas como pensabas, que también hay gente mala como en las películas y que no es tan fácil ser feliz.
Más adelante te das cuenta de que el modelo no es tan sencillo. Entre bueno y malo hay muchos grados, y cada persona entiende la felicidad de forma distinta.
Entonces te empizas a preguntar por qué el mundo es así. Sería más fácil y mejor para todos hacer las cosas bien, preocuparse por los demás y crear entre todos un mundo donde todos podamos ser felices. Por ello, no llegas a comprender por qué las personas actúan de cierta forma.
Con el tiempo aceptas que cada persona es única y hace las cosasa su manera, y que no tiene sentido preguntarse por qué. Es así y ya está.
Pero entonces deseas que la gente cambie a mejor, que se dé cuenta de que el camino que sigue no es el correcto. Quieres que el mundo pase a ser el lugar ideal que percibías cuando eras pequeño. Y te esfuerzas con ilusión por que la gente cambie, por que vea las cosas de otra manera. Y buscas a pesonas que vean el mundo como lo ves tú.
Sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que los esfuerzos muchas veces son en balde, de que todo es una utopía. Y entonces te pregutas: ¿qué hago yo en este mundo? Este mundo no es adecuado para mí. Y te haces miles de preguntas cuya respuesta no es la que esperabas.
Y cuando más te cuesta encontrar el sentido de la vida te das cuenta de un detalle. Que no habías leído las instrucciones. Que se te había pasado por alto consultar las reglas del juego. Es posible que un delantero de fútbol quiera dar al balón con la mano. Pero por mucho que quiera no le está permitido. Y podrá pensar que esa regla es injusta y que no debería ser así. Sin embargo, aunque se empeñe, deberá aceptarla si quiere jugar al fútbol.
Pues la vida es igual. No somos nosotros los que ponemos las reglas del juego. Y podemos estar lamentándonos eternamente de que las reglas no sean como nosotros creemos que deberían ser. Sin embargo, sólo cuando aceptemos estas reglas, por muy injustas que nos parezcan, es cuando podremos disfrutar de este juego que es la vida.
domingo, 6 de septiembre de 2009
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