domingo, 16 de noviembre de 2008

Racionalizando sentimientos

Razón y sentimiento, curiosa realidad de la vida.

Qué difícil resulta a veces hablar de nuestros sentimientos. Y no sólo porque nos dé miedo decir lo que pensamos y así quedar de algún modo al descubierto. También es el idioma el que nos impide expresar en su totalidad unos sentimientos a los que incluso en muchas ocasiones no les vemos una explicación racional.

Y es que muchas veces te pones a pensar por qué, por ejemplo, algo que a los demás les parece justo es para ti una gran injusticia. Y entonces te quedas callado sin saber razonar ese sentimiento tan claro. Por suerte, con los años uno va siendo capaz de entender su forma de ver el mundo y, de algún modo, poder transmitirla a los demás.

Sin embargo, ahondar en los propios sentimientos es algo duro para lo que el ser humano no está preparado. Así, a menudo la razón actúa como capa protectora frente a unos sentimientos que nos pueden hacer daño a nosotros mismos.

Muchas veces me pregunto por qué la gente fuma. Las respuestas típicas suelen ser cosas como: "de algo hay que morir" o "los no fumadores también enferman de lo mismo que los fumadores", cuando el argumento indiscutible es que el tabaco empeora la salud y aumenta las posibilidades de padecer un gran número de enfermedades. Los fumadores saben que es así, sienten que es así. Y sin embargo se engañan a sí mismos con razonamientos sin fundamento.

También he oído decir la frase: "no bailo porque no me gusta bailar". Creo que también la usé yo alguna vez. Sin embargo, son pocos los que dicen "no sé bailar y me da mucha vergüenza", que es lo que normalmente suele ocurrir y que tanto nos cuesta admitir.

Todo esto es incluso más complicado con las relaciones personales. Cuando conocemos a alguien ponemos grandes expectativas en esa persona. Y es normal. La razón normalmente no tiene todavía motivos para impedir seguir hacia adelante, y es el sentimiento el que en una primera etapa nos impulsa a aceptar o recharzar esa relación. De todas formas, también en ocasiones seguimos adelante en contra de nuestros sentimientos y de nuestra razón, debido a ciertas condiciones o necesidades. Ello hace, por ejemplo, que aceptemos trabajos que no nos gustan y en los que sabemos que nos explotan si recibimos por ello un buen sueldo o simplemente si nos hace falta algo de dinero.

Pero los sentimientos siempre están ahí. Analizando cada instante sin que la razón se dé cuenta. A veces decimos que la gente cambia. Puede ocurrir, pero es difícil. Normalmente son nuestros sentimientos los que cambian. Las distintas experiencias nos hacen sentir de una forma diferente a como lo hacíamos al principio. En realidad ello nos permite ver las cosas tal como son. Algunas veces mejor y otras peor de lo que pensábamos. Y es aquí donde la razón juega un papel importante. El ser humano por naturaleza odia no tener razón. Así, cuando los sentimientos revelan la realidad, la razón se resiste a admitir que el camino elegido es un error y recurrirá al autoengaño para darse falsos motivos que justifiquen la decisión inicialmente tomada.

Esto se ve claramente en la política. Muchas personas eligen inicialmente una ideología, que defenderán por encima de todo. Todos los políticos cometen errores y toman decisiones equivocadas. Y, pese a ello, hay quien se dedica a justificar lo injustificable. El que no ve errores en aquellos políticos a los que ha elegido se está engañando a sí mismo.

Así, se produce en este punto una paradoja. Si bien en un principio los sentimientos nos hacían ir hacia adelante aunque la razón estuviese en contra, ahora que los sentimientos ven la realidad y se ponen en contra, es la razón la que se pone a favor engañándonos a nosotros mismos para así seguir adelante.

Sin embargo, no podemos vivir a gusto en una situación donde razón y sentimientos dicen cosas opuestas, y tampoco si, estando ambos de acuerdo, la necesidad, las condiciones o el miedo al cambio nos impide seguir el camino que es correcto. Aun así, la capacidad de sufrimiento humana puede llegar a ser mayor que el desasosiego que produce reconocer ante uno mismo sus propios errores o que uno no está haciendo lo que debería.

Al final, será el tiempo el que haga que razón y sentimiento encuentren puntos en común, o que lleguen a extremos provocando una situación insostenible que nos obligue a romper con todo. El éxito está en analizar la situación sin prejucios y no tener miedo a aquello que en el fondo sabemos que es lo mejor.

Finalmente, en contra de lo que decía Descartes de que los sentidos nos engañan, diré yo que la razón también nos engaña y, aunque en un principio los sentimientos nos nublen la vista, al final son ellos casi siempre los que más razón tienen.

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